¿Dónde estás? Los rincones de mi pecho son numerosos y oscuros. Tu capacidad de esconderte supera todo dote de investigador que se me ha dado. Tal vez debí haber sido más veces el que buscaba en las escondidillas y no el que se escondía. La noche se me escapa de las manos.
Camino por estos pasillos de convento desierto. Largos corredores con grandes ventanales. El constante silencio que acalla mis pisadas. Los cubículos solos con las velas prendidas y documentos en la mesa, el comedor limpio y la cocina arreglada, los jardines pacíficos y solitarios, las capillas sepulcrales y el sótano húmedo e implacable.
Te recuerdo como fuiste hace varios otoños. Con el pelo desordenado y tu afinidad a provocar tormentas desde el patio de la casa, una sonrisa de música y un grito en los ojos. Tal vez no eras él. Te confundo, tu cara se barre como las visiones de un borracho, la oscuridad alenta las imágenes. Te he perdido como a mi sombra en la noche.
Caminar dentro de mí también es caminar sobre un camellón de árboles inmensos, jacarandas que florean continuamente y sauces llorones cuyas ramas no se conforman con tocar sólo el viento. Son tardes junto a lagos y desiertos de nieve circundados por veranos furiosos. Hay un mundo donde buscarte y una forma incierta de llegar a ti.
¿Dónde estás? Cierro los ojos para viajar de un lugar a otro. Abro los ojos para buscarte. Camino, me detengo, duermo y me siento para encontrarte. No apareces. El silencio permanece.
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